Un nuevo color para el cielo

Por Margarita Cárdenas

Para Alina

Una noche, mientras una niña dormía serenamente encerrada en su salón, una lluvia de estrellas se deslizó desde el cielo. Todas las estrellas eran de colores alegres excepto una, la más chiquita.

—Guii, guii —lloraba la estrellita—. Yo no tengo colores bonitos como todas mis amiguitas. Pero la niña dormía plácidamente y ni siquiera oyó el llanto.

—Cállate —dijeron las otras estrellas—. No queremos oírte chillar por un color—. Y ninguna fue capaz de ayudarle.

—Buuuu, juuuuu!!! —lloró la estrellita, más fuerte—. Yo solamente soy blanca y negra. Qué aburrido.

La niña habló, diciendo cosas que nadie entendía porque estaba dormidísima. Entonces la estrellita decidió alejarse de las demás y divertirse por su cuenta.

Las demás estrellas estaban jugando y saltando encima de la niña. Les gustaba porque ella era bien blandita, y allá en el cielo no había nada blandito, solamente polvo y planetas de gases y rocas y fuego. Ni siquiera las nubes eran divertidas porque eran como humo o vapor, y si uno trataba de saltar en ellas, simplemente las atravesaba, como hace un avión.

Mientras sus compañeras saltaban y bailaban, la estrella pequeña (que dicho sea de paso, se llamaba Clementina) se escapó de las demás y se escondió. Con tan mala suerte…

…que cayó en un hueco hondo y oscuro y lleno de recovecos.

—¡Socorro! —gritó Clementina.

Pero sus amigas estaban cansadas de oírla quejarse, y nadie le hizo caso.

Además, no podía seguir gritando porque cada vez que hacía un ruido, se producía un temblor tremendo y un ventarrón como un terremoto y un huracán combinados.

Es que se había caído dentro de la oreja. Lo que temblaba era el tímpano, y producía vientos que iban y venían, revolcando a la estrellita como si fuera un mísero pedazo de polvo.

—¡Ay, carachúmbilas! —dijo la estrellita (le gustaba usar palabras importantes)—. ¿Ahora cómo me salgo de aquí?

De pronto, la niña se volteó de lado y esto sacudió a la pobre Clementina, de modo que cayó justo encima del tímpano.

— ¡Huiiiiii!! —dijo—, ¡un trampolín! —Y comenzó a saltar. No sabía que era el tímpano porque ella nunca prestaba atención en la clase de anatomía en el colegio.

La niña (que aún dormía) abrió los ojos, sonámbula, por el fastidio en el oído. Pero como tenía los ojos magenta, y las estrellas no conocían ese color tan raro, todas se espantaron.

Olvidándose de su amiguita pequeña, salieron como bólidos para su lugar en el cielo.

(Bueno, se creían bólidos, pero un bólido es un meteoro que cae y ellas eran estrellas que subían. Es que no prestaban atención en la clase de astronomía. No crean que Clementina era la única desjuiciada).

Mientras tanto, Clementina se divertía de lo lindo, saltando en su trampolín. De pronto, dio un brinco tan alto, que la sacó volando de la oreja y la posó nada menos que sobre la nariz de la niña.

Desde lo alto de la nariz, Clementina miró abajo y vio un ojo grande y brillante, de un bello color magenta. Ni siquiera se le ocurrió asustarse.

—¡Ay, qué lindo sol!—dijo—. Y sin pensarlo dos veces, brincó adentro del ojo.

Pero no cayó en el iris, que era la parte magenta. Se deslizó por un agujero, que era la pupila. Cayó muy adentro, y siguió cayendo hasta que aterrizó en medio del humor acuoso.

—¡Ah, qué divertido! —dijo—. ¡Una piscina de gelatina para Clementina! (Es que cuando se emocionaba, se volvía medio poeta y le rimaban las frases). Pero en esas, la niña cerró los ojos otra vez, y Clementina quedó sumida en la oscuridad.

Ahora sí que me metí en la grande, pensó. No quiero estar más aquí. Además, tengo hambre y esta gelatina sabe feo. (Era salada, no porque estuviera de mal humor sino porque el humor acuoso es así).

Con mucho esfuerzo, Clementina logró salirse de esa piscina pegajosa. Se trepó por el agujero de la pupila y salió por fin al iris. Allí se sentó a descansar, rodeada de color por todos lados, como una bella pradera de lustroso color magenta.

Entonces Clementina tuvo una gran idea. Con mucha suavidad, para no hacerle daño a la niña, arrancó un pedacito de iris chirringuitico. (Chirringuitico era otra de sus palabras favoritas. Era una palabra grande para significar algo chiquito, y eso le parecía interesante.)

En todo caso, procedió con tanta delicadeza y suavidad a arrancar su trocito de iris, que la niña ni siquiera se dio cuenta.

Clementina se envolvió en esta suave gasa de color y dio unas piruetas de alegría. ¡Tenía un vestido nuevo, precioso como ninguno! Y de un color que ninguna de sus amigas conocía allá en el cielo. Les va a encantar, pensó. Voy a llevar un color nuevecito al cielo. ¿Y saben qué? ¡Así fue!

Mientras tanto la niña, aunque dormida, se dio cuenta de que algo le picaba y le picaba en el ojo. De pronto, se despertó del sueño y se frotó los ojos con ambas manos.

Ahora sí, la estrellita se asustó. Aferrándose a su vestido nuevo, pegó un brinco que la sacó del ojo.

—Gracias, niñita, por tu bello regalo —dijo, dándole a la niña un besito muy tierno en la nariz. Pero la niña no oyó nada. Sólo sintió un suave cosquilleo cuando la estrellita se dispuso a dar un salto y regresar de nuevo a su hogar en el cielo. Ojalá le hubiera dejado un regalo a ella también, pensó con un suspiro.

Así fue como llegó un color nuevecito al cielo.

Pero lo más curioso es que, desde ese día, todos los que veían a la niña decían que tenía un brillo especial en los ojos, algo así como el destello mágica de una estrella.